El pan de mi infancia

El pan de mi infancia

Cuando miro una bola de masa la mente me lleva directamente a la infancia, a aquel pueblo, a aquel horno donde tanto me gustaba ir, donde un matrimonio maravilloso me recibía con cariño, me dejaban mirar cómo máquinas y personas trabajaban al unísono para hacer un pan que no he olvidado ni he vuelto a comer. Después contestaban mis preguntas sin dejar de mover sus manos y me permitían presenciar como abrían la puerta del horno y ver el fuego rojo que ardía dentro. A continuación, el panadero armado con un largo palo y un trapo grande mojado atado en la punta apartaba las brasas a un lado y empezaba a meter el pan. Con una pala de madera larga y grande cogía con habilidad las bolas de pan crudo y las iba introduciendo y depositando en el suelo del horno, hecho de ladrillo. Después cerraba la puerta y cuando la volvía a abrir se había producido el milagro del pan. Con la misma pala, iba sacando los panes y dejándolos enfriar en una mesa de madera grande y enharinada. A continuación, los guardaban en el armario, de pie, uno al lado del otro a la espera de ser llevados a los hogares. Todo esto lo pude presenciar muchas veces al largo de los años, bien porque iba a buscar el pan o porque entraba a ver como trabajaban.

De pequeña, vivía con la familia en un pueblo pequeño y una de mis tareas diarias era ir a buscar el pan y para mí era una tarea muy agradable. En el pueblo a la panadería se le llamaba horno. Estaba situado en la planta baja de un edificio de dos plantas. Arriba vivía la familia y abajo tenían el negocio. Dentro del local del horno de distinguían dos espacios, el de trabajo con las máquinas y mesas y el de despacho, donde una mesa camilla delante de una gran ventana permitía la tertulia y el descanso de la familia las horas de apertura del horno, desde las 7 de la mañana a las 9 de la noche ininterrumpidamente. Encima de aquella mesa había una vieja caja de lata donde ponían el dinero y los vales de cambio.

En nuestra casa lo habitual era buscar el pan a primera hora de la mañana, antes de empezar la jornada laboral. El trabajo era en el campo y se salía todo el día, llevando la comida y el pan. Al comprarlo tan temprano era recién hecho.

Para mí entrar en aquel horno era entrar en la gloria o el infierno, según la época del año, pero siempre con aquel olor maravilloso a pan recién hecho y aquellas sonrisas.

El combustible usado para calentar el horno era la leña de olivo, muy abundante en aquel terreno. La leña la llevaba cada cierto tiempo un camión y la basculaba en la calle. Allí acudíamos los niños a ayudar a entrarla y colocarla a cambio de alguna pasta. Lo hacíamos en cadena, unos la entrábamos de la calle al corral y otros la iban colocando en una hacina para que ocupara menos y fuese fácil de coger. Hoy esto se podría etiquetar como explotación infantil, pero a los niños que íbamos allá no nos obligaba nadie, lo hacíamos por el interés de ganarnos unas pastas hechas con cariño por unas manos expertas; y, ¡qué buenas estaban!

Decían los mayores que la leña es muy señorita y le gusta mucho que la toquen. Cada movimiento que hace, la tienes que llevar en brazos y tocar; para cortarla del árbol, para hacerla más pequeña, para cargarla en el transporte, para descargarla, para llevarla al sitio de guardar, para llevarla al lado del fuego y para echarla al fuego.

También venia cada tiempo un camión con sacos de harina. Allí iba algún hombre que, con un saco en la cabeza a modo de capucha, para que los restos de harina no le llegaran al pelo y al cuerpo, descargaba los sacos uno a uno y los llevaba al almacén. Era habitual que el pago no fuese en dinero, era en vales de pan que después las familias gastaban en el pan de cada día. Creo que esto seria trueque o mercado de intercambio. Este intercambio podía ser por servicio prestado o por materias primeras que hacían servir los panaderos y que los usuarios tenían de sus cultivos y crianzas, o sea, trigo, huevos, verduras, manteca…

Era una gozada entrar en aquel horno con aquel olor maravilloso. Todo el pan era de la misma masa y peso, aunque lo hacían con dos formas diferentes, pan redondo, con unos cortes precisos que le definía cuatro esquinas, o rosca. Estaba bien cocido por dentro con una miga densa y consistente, que te permitía cortar rebanadas sin que se rompieran, y tostado y crujiente por fuera. Cortabas una orilla, le sacabas la miga y lo llenabas con un trozo de morcilla en aceite, lo apretabas bien para que se fundieran producto y sabor, pura gloria o la rellenabas con aceite y azúcar, una merienda sana y energética. Más adelante hicieron más variedad de formas y pesos.

Además de aquel pan maravilloso que te transportaba al cielo, hacían galianos, un pan ácimo que se cocinaba bien picado a mano y con mucho tomate maduro y pimiento verde, una delicia vegana y que cada vez que voy al pueblo almaceno en abundancia, congelado. No es lo mismo, pero, a falta de pan, buenas son tortas.

También hacían pastas varias que eran deliciosas y a veces típicas para las fiestas populares. Por supuesto, estas pastas estaban hechas, además de con cariño, con materias primas y productos de la casa, pues solo se compraba el azúcar. Que yo recuerde, eran las siguientes:

Pericones: se hacían todo el año, pero en mi casa solo se tomaban en fiestas señaladas. Son unos roscos que parecen de aire. Los muerdes y se te deshacen en la boca. Por encima llevan merengue, que yo le quito.

Plumillas: son como un mostachón en pequeño y van emparejados. Son las pastas que se regalaban a los enfermos y a mí personalmente no me gusta porque saben mucho a huevo.

Rosco de San Marcos: como su nombre indica, es un rosco que se toma el 25 de abril y sería como la mona de Pascua en otros lugares. Em mi recuerdo era una cosa buenísima; en cambio, la última vez que los probé no me gustaron, no eran igual.

Mantecados con y sin almendra: dulces hechos con la última manteca de la matanza, en primavera y coincidiendo con las Fiestas Patronales. Podían llevar almendra molida o no. Eran deliciosos. Se comían para merendar y para invitar a la gente que nos visitaba.

Galletas de máquina: eran unas galletas alargadas que se hacían con una máquina dentada y parecían de mantequilla. También típicas en los regalos a enfermos.

Tortas de manteca y chicharrones: típicas del invierno, después de la matanza del cerdo. Se comían al lado del fuego donde se calentaban al oro de la lumbre. Olían divinas y sabían mejor.

Tortas de calabaza: también típicas del invierno, cuando las calabazas llamadas pavo estaban bien maduras, eran más ligeras pero muy buenas.

Todo esto lo podían ir a hacer las mujeres al horno y pagaban la cocción o lo hacían los panaderos a cambio de una parte. También se podían llevar a asar carnes y verduras. Una maravilla, aquel horno.

Las pastas y otras cosas se cocían cuando el pan estaba hecho y el horno más frío.

En fin, cuando veo una bola de masa, mi mente me lleva lejos a un horno, unas personas, un olor, un pan y unas pastas maravillosas. Pero no se si mi mente infantil me engañaba y aquel recuerdo no era tan maravilloso, o es que ahora en el intento de mejorar se ha perdido la maravilla por el camino. Cuando vuelvo al pueblo siempre compro los embutidos, pan y pastas típicas, pero la decepción me acompaña con ellas. Ya no es lo mismo.

Hoy en día se puede comprar pan en muchas tiendas y encontramos despachos de pan en cada esquina, pero cada vez hay menos hornos y panaderos. Aquel pan maravilloso de mi infancia se acaba.

 

El pan de mi infancia

El pan de mi infancia

Una HISTORIAZA de Marquina Marín escrita desde Barcelona.

Alba Sinchanclas. (2017) Masa para pizza. Pobla de Benifasà.

 

 

 

 

 

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