HISTORIA DE UNA GATA

Hace bastantes años, por motivos de trabajo nos trasladamos a otro pueblo. Mis hijos comenzaron a ir a un colegio nuevo. La profesora de Alba, María, tenia una tienda de zapatos en un local y la vivienda arriba. La tienda estaba en el centro del pueblo y cuando pasábamos por delante, nos parábamos a saludar a María.

María tenía un gato siamés que se llamaba Rodolfo y a Alba le encantaba, siempre le han gustado mucho los animales y tiene un don especial para amansarlos, aunque sean muy fieros. Rodolfo también estaba muy contento con las visitas de Alba. La vecina de María tenia una gata siamesa y Rodolfo y ella estaban enamorados.

Un día decidieron aumentar la familia y María y la vecina se encontraron con unos cuantos gatitos. Como ellas no los podían tener les buscaron un hogar y María le preguntó a Alba y Marc Manel si querían uno. Como les hacía mucha ilusión y teníamos espacio, se quedaron (o nos quedamos), una gatita preciosa, con un pelo fino y brillante, de color beige/marrón y en la cabeza un poco más oscuro. Le pusieron de nombre Garfilina, en honor al gato Garfield de los dibujos animados.

En casa le pusimos una cama, un comedero, bebedero y pipican en la galería y aunque cuando estábamos en casa estaba con nosotros, cuando se quedaba sola la dejábamos encerrada allí porque Garfilina resultó ser una gata bastante traviesa.

El día que la fuimos a buscar, aunque era muy pequeña, atacaba como un león. Tenía unos dientes afilados que se clavaban como agujas y unas uñas que te sacaban la piel. Tuvimos que ponernos guantes para cogerla. La metimos en una caja de zapatos y maullaba como una fiera. Al llegar a casa la soltamos en la galería y los niños la querían tocar, pero no se dejaba. Se escondió debajo del lavadero y no la podíamos sacar. Aquella noche le dejamos un plato de leche, además de agua y pienso, y al día siguiente estaba todo desparramado por el suelo, no supimos si comió o bebió, pero si se hizo pipi y caca.

Cuando estábamos en casa le dejábamos la puerta abierta y los niños siempre estaban en la galería con ella. Poco a poco se fue acostumbrando a nosotros y se atrevió a entrar, a recorrer la casa, a jugar y a hacer travesuras.

Estiraba el rollo de papel higiénico y lo esparcía todo, trepaba por las cortinas, robaba todas las gomas de borrar y las escondía, las gomas del pelo, abría y se metía en el cajón del escritorio de mi marido, cuando Alba se iba a dormir se escapaba y se metía en su cama, cosa que no queríamos, se escondía debajo de la manta, trepaba por los muebles, mordía las plantas, movía la tierra…

También nos hacía mucha compañía y los niños la querían con locura. Cuando Manel trabajaba en su despacho se ponía a dormir sobre la mesa al calor del flexo y le hacía compañía.

Le compramos una cadenita porque los niños la querían sacar a pasear por la calle, pero ella nunca quiso, se quedaba quieta y si la estirabas se tiraba al suelo y la tenias que arrastrar como un felpudo.

No le gustaba nada quedarse en la galería, pero era tan traviesa que no la podíamos dejar dentro de casa. En la galería no tenía ningún peligro y era grande. Tampoco estábamos todo el día fuera. Compartía el espacio con un canario llamado Pio que estaba colgado bien alto. Un día se enfadó tanto por quedarse encerrada que subió al lavadero y de allí saltó sobre un jersey que había tendido, lo tiró al suelo y lo rompió todo. También saltó sobre la jaula de Pio y la tiró al suelo causándole al pájaro un infarto del susto que le dio, aunque no le pudo hacer nada a través de los barrotes. Desde aquel día tuvimos que medicarlo a diario y nunca volvió a ser el pájaro cantarín que había sido. Desde aquel día al marchar la dejábamos en el baño pequeño sola.

Cuando no tenía ni seis meses empezó a maullar mucho y a refregarse por todos sitios. Aunque era muy joven resulto que Garfilina quería ser mamá. Sus maullidos se oían noche y día por todo el edificio y buscaba desesperadamente un hueco por donde escapar y buscar un apuesto novio.

Para que no molestara a los vecinos decidimos llevarla un tiempo a casa de los abuelos que vivían en el campo. La intención era que madurara un poco y recuperarla para llevarla al veterinario y tratarla para evitar embarazos. Pero eso no fue posible ya que, al estar libre, se quedó embarazada y durante el parto tuvo problemas y murió.

No hemos vuelto a tener más gatos, ya que el disgusto fue muy grande, sobre todo para los niños. La recordamos con mucho cariño. Más adelante tuvimos un perro, Max, que vivió con nosotros dieciséis años y nos hizo muy felices a todos.

HISTORIA DE UNA GATA
Una HISTORIAZA escrita por Marquina Marín (mi chula madre) desde Barcelona
Alba Sinchanclas (noviembre 2020) Las gatas de la buganvilia, CDMX
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