Epístola de Melchor Ocampo

MIERpistola de Melchor Ocampo

Chacahua, un día de enero de 2018, durante el cocotero time

6 de enero de 2018. Cuernavaca. Estado de Morelos. México. Boda de Agus y Lizzie. Estamos reunidos para festejar y celebrar su enlace. Casa colonial divina, con jardín y pileta. DJ. Buffet de pizzas, pastas y ensaladas. Coctel de bienvenida servido por el camarero Ignacio (que más tarde pretenderá llevarnos al huerto pero no le caerá esa breva). Todo parece estar bien.

Pasado el coctel llega la ceremonia, el casamiento en sí. Y para llevar a cabo este enlace matrimonial por lo civil se presenta en el susodicho lugar un juez morelano. Éste, como su deber indica, los casa. Aunque para ello, suelta una retahíla de palabras un tanto misóginas que nos deja atónitas. No las dijo por placer o por libre elección, así debía hacerlo por tradición y seguramente por ley.  Porque México es un país de tradiciones y durante los matrimonios civiles parece ser que debe leerse la “Epístola de Melchor Ocampo” (por lo menos en el estado de Morelos).

El artículo 15 de la ley del “Matrimonio Civil” mexicana de 1958 (31 artículos) incluye la famosa epístola atribuida a Melchor Ocampo* la cual figura a continuación:

…Que éste es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano. Que éste no existe en la persona sola sino en la dualidad conyugal. Que los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de lo que es cada uno para sí. Que el hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar, y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando éste débil se entrega a él, y cuando por la sociedad se le ha confiado. Que la mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura, debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo. Que el uno y el otro se deben y tendrán respeto, deferencia, fidelidad, confianza y ternura, y ambos procurarán que lo que el uno se esperaba del otro al unirse con él, no vaya a desmentirse con la unión. Que ambos deben prudenciar y atenuar sus faltas. Que nunca se dirán injurias, porque las injurias entre los casados, deshonran al que las vierte, y prueban su falta de tino o de cordura en la elección, ni mucho menos se maltratarán de obra, porque es villano y cobarde abusar de la fuerza. Que ambos deben prepararse con el estudio y amistosa y mútua corrección de sus defectos, a la suprema magistratura de padres de familia, para que cuando lleguen a serlo, sus hijos encuentren en ellos buen ejemplo y una conducta digna de servirles de modelo. Que la doctrina que inspiren a estos tiernos y amados lazos de su afecto, hará su suerte próspera o adversa; y la felicidad ó desventura de los hijos será la recompensa ó el castigo, la ventura ó la desdicha de los padres. Que la sociedad bendice, considera y alaba a los buenos padres, por el gran bien que le hacen dándoles buenos y cumplidos ciudadanos; y la misma, censura y desprecia debidamente a los que, por abandono, por mal entendido cariño, ó por su mal ejemplo, corrompen el depósito sagrado que la naturaleza les confió, concediéndoles tales hijos. Y por último, que cuando la sociedad ve que tales personas no merecían ser elevadas a la dignidad de padres, sino que sólo debían haber vivido sujetas a tutela, como incapaces de conducirse dignamente, se duele de haber consagrado con su autoridad la unión de un hombre y una mujer que no han sabido ser libres y dirigirse por sí mismos hacia el bien.

¿Qué les parece? Nosotras no dábamos crédito de lo que allí se decía. Pero peor aún fue darse cuenta de que solamente nosotras dos estábamos indignadas. Ni hombres ni mujeres parecían sorprendidos, es más, les pareció normal. Y ese es el problema, la normalización de este tipo de discursos.

Parece que las tradiciones son intocables y no debería ser así (no solamente en México, las corridas en España son un claro ejemplo de tradiciones obsoletas). El hecho de que en el año 2018 se sigan pronunciando este tipo de discursos es más que grave, es engorroso, enojoso y embarazoso.

Como los hombres no se sienten directamente afectados y “solo son palabras “, no reaccionan y son muchos los que ni se lo cuestionan. La mayoría de las mujeres lo mismo o peor.

Ya está bien de este patriarcado mierdoso. Ojo, esto no es una apología al matriarcado, que seguramente tampoco sería la mejor opción para esta sociedad. ¿Porqué simplemente no llegamos a vivir en un clima de respeto, igualdad y tolerancia? ¿Por qué las mujeres tenemos que luchar todos los días para obtener aquello que tendría que llegarnos de forma natural?

Seres humanos: no podemos permitir discursos, frases o gestos machistas.  No restemos pasivos/as ante abusos, bromas misóginas o palabras necias. Pequeños gestos (o palabras) para cambiar el mundo. Desnormalicemos aquello que pudre nuestra sociedad. Empecemos a cuestionar todo lo cuestionable. Revolucionémonos.

Alba Sinchanclas y Celi Boluda

PD: Esto no es una crítica al matrimonio de nuestros amigos, es una crítica a la epístola matrimonial que se leyó durante aquella ceremonia. Nosotras estuvimos más que feliz de poder compartir con ellos ese momento único en sus vidas. Los queremos. Gracias por todo.

*Para más información sobre Melchor Ocampo pinche aquí.

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